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#21 Mi padrino es Tinelli

La primera vez que Matías mintió fue cuando estaba en quinto grado. Le dijo a su mamá que le había ido bien en una prueba y en realidad se había sacado un “Insuficiente”. Cuando vio que su mamá se creyó la mentira, sintió un raro cosquilleo agradable en todo el cuerpo. Desde ese momento en adelante, Matías nunca dejó de mentir a cada rato.

Matías se la pasó diciéndole mentiras a todo el mundo. Las primeras fueron del estilo:“Mi papá es el guardaespaldas del presidente”, “Mi abuelo inventó el semáforo”, “Mi padrino es Tinelli”, y otras mentiras por el estilo. Estas mentiras eran muy obvias y todo el mundo le seguía la corriente pero nadie le creía, porque en definitiva no eran graves. El problema real para Matías empezó cuando le empezó a tomar el gusto a las mentiras que implicaban cierto riesgo inmediato.

“Debajo del buzo tengo puesta una remera roja”, dijo una vez en una fiesta y sintió el mismo cosquilleo en todo el cuerpo de solo pensar en la remera azul que tenía puesta, y el peligro de que alguien lo descubriera. “Mi segundo nombre es José, lo juro”, gritó en una reunión de amigos mientras agitaba su DNI con un único nombre impreso, a una calculada distancia desde donde los demás no podían ver las letras. “Sé leer chino mandarín”, era su favorita porque nunca nadie podía comprobarlo pero siempre existía la mínima chance de que justo hubiera alguna persona que hablara el idioma.

Con el tiempo Matías empezó a hacer una mueca cada vez que alguien le creía una mentira que acababa de decir. Era como una especie de secreto con él mismo. Era a la vez un festejo y una forma de exteriorizar que estaba mintiendo, pero sin que nadie lo descubriera. Cada vez que mentía y la otra persona se lo creía, torcía un poquito la boca hacia la derecha. Era sutil, casi como un pequeño tic nervioso que la víctima de la mentira jamás percibía, y eso al mitómano le generaba aún más placer.

Matías se volvió un adulto más, entre mentiras y más mentiras. Consiguió un buen trabajo inventando experiencias laborales en su currículum y se casó con Vera, a quien conquistó diciéndole que su padre era millonario y tenía campos en La Pampa. Matías se enamoró de Vera, paradójicamente, porque era muy sincera. Ella era, según él mismo remarcaba cada vez que podía, “La persona más transparente que había conocido, después de él mismo”. Hasta en los elogios se las ingeniaba para mentir un poco más.

Su esposa era la debilidad de Matías. Y eso que le mentía, y mucho, pero con ella fue la primera vez que sintió culpa por mentir. Aunque le dolía hacerlo, le era inevitable decirle algunas cuantas mentiras al día. Llevaba tanto tiempo mintiendo, que no podía parar ni siquiera con ella. Le inventaba anécdotas del día que nunca pasaron, fingía ascensos en el trabajo que nunca existieron y le contaba sobre reuniones a las que no había ido. Y Vera le creía absolutamente todo.

Como le gustaba jugar con la posibilidad de ser descubierto, Matías había comprado un detector de mentiras. Era prácticamente un juguete, pero cada cierto tiempo a la pareja le gustaba jugar a hacerse preguntas para ver si el aparato detectaba una mentira, hacía sonar su chicharra y se prendía una luz roja. Era el juego favorito de Matías, porque con cada pregunta que le hacía su esposa pendía de un hilo todo su universo de mentiras.

Matías creía que su bola de nieve de mentiras no iba a terminar jamás porque en el mundo de los engaños y las falacias se movía como un pez en el agua, pero una tarde de lluvia se le vino el mundo encima. Esa tarde, Matías y Vera estaban jugando, haciéndose preguntas con el detector de mentiras. Llegó el turno de preguntar de Matías, y después de pensar un poco al mentiroso se le ocurrió una pregunta genial:

—Vera, ¿alguna vez me mentiste?

Generalmente, Matías esperaba la respuesta de su esposa mirando al aparato, al detector de mentiras, pero esta vez prefirió mirar a su esposa a los ojos.

—No, jamás —le respondió al instante Vera.

Los dos se quedaron en silencio mientras el aparato analizaba la respuesta de la mujer. Nada. El detector de mentiras no detectó falsedad alguna en la respuesta de Vera.

Fue en ese momento cuando Matías pudo ver, de forma muy clara, como Vera torcía la boca sutilmente.

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