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#20 La fiesta

Esto pasó hace un mes y pico.

A través de unos conocidos nos invitaron a Lourdes y a mí a una fiesta de disfraces. Y yo detesto con toda mi alma las fiestas de disfraces, pero accedí a ir solamente por dos razones. Esta fiesta era distinta a todas las demás fiestas de disfraces porque la primera regla de la fiesta era que todo el mundo tenía que estar vestido con el mismo traje, volviendo así a todos los invitados unos absolutos incógnitos, y la segunda era que nadie podía hablar. Espectacular. Esas dos reglas, sobre todo la segunda, me llamaron muchísimo la atención, y sin dudarlo confirmé mi asistencia.

El día de la fiesta llegamos juntos con Lourdes a eso de las once de la noche al boliche en el que se iba a hacer la fiesta. En la entrada nos recibieron unos tipos de traje y máscara, y nos dejaron pasar cuando les dijimos el código secreto que nos habían dado nuestros conocidos en una tarjetita. Apenas entramos, nos recibieron otros tipos de traje y máscaras, que me separaron de Lourdes. Me llevaron rápidamente por un pasillo, hasta entrar en una especie de vestuario, divido en unos diez cambiadores personales. Me hicieron meterme en uno y cerraron la cortina detrás mío.

En el espejo del cambiador había una nota muy corta. Decía algo como "Disfrazate, asegurate de que no se te reconozca y disfrutá de la fiesta. El pelo va dentro del disfraz, no por fuera. Tu ropa la guardás adentro de la bolsa blanca, en uno de los lockers que está en este vestuario. Y recordá, cualquier persona que rompa alguna de las reglas de la fiesta será echado por los organizadores". Y más abajo decía bien grande y en mayúsculas: "¡NO SE PUEDE HABLAR!".

En el ganchito del cambiador había una bolsa blanca de tela. La abrí y descubrí que adentro había un traje blanco, unos guantes blancos, unas fundas blancas para tapar las zapatillas, como esas que usan los médicos, y una máscara blanca también. El traje era como un enterito, simple y con cierre por adelante. La máscara tenía como un estilo futurista. Los ojos estaban tapados por una rejita de tela que dejaba ver a quien se la ponía y en la boca había una pequeña abertura para poder respirar.

Tardé unos cinco minutos en cambiarme, guardar mi ropa en la bolsa y chequear que no se me reconociera en absoluto. Cuando estuve seguro, corrí la cortina y salí. Dejé mi ropa en el locker, cerré y me llevé la llave en un bolsillo que tenía el traje. Cuando salí del vestuario me esperaba uno de los organizadores, los de traje y máscara negra. Me hizo señas de que lo siguiera, y caminé detrás de él hasta que llegó a unas escaleras que bajaban al subsuelo. Con la mano me indicó que bajara, y entendí que hasta ahí iba a acompañarme él. Bajé esas escaleras con una intriga increíble.

Cuando llegué al subsuelo, pude ver a unas cien personas, todas disfrazadas igual que yo, interactuando entre sí pero sin hablar. Algunos juntaban las manos, otros se hacían señas e intentaban comunicarse con los otros, mientras que otros tomaban algo. Empecé a caminar entre la gente, sin saber qué hacer.

Me empecé a sentir un poco nervioso, así que decidí acercarme a la barra. Señalé en la carta uno de los tragos mientras empezaba a pensar cómo iba a pagar lo que había pedido.

Cuando llegó el trago, la moza sacó un lector, como los que hay en el supermercado, y me lo pasó por la parte superior de mi máscara. “Prip”, fue el sonido que hizo el artefacto y me hizo saber con señas que ya podía irme. Volví a caminar entre la gente, dándole unos sorbos enormes al vaso para poder salir del nerviosismo. Vi que al fondo había unos sillones, así que me acerqué y me senté a ver todo desde ahí.

Al rato, una persona se me acercó y me extendió la mano. Me paré y la miré. Intenté, como si tuviera rayos X, adivinar quién era o cómo era, pero no pude. Hasta que la persona me hizo un gesto que fue clave. “Vení”, me hizo con las manos, y ahí lo descubrí. Había visto ese gesto miles de veces. Salté del sillón, la abracé y lo confirmé por su altura y su perfume: ¡Era Lourdes! Quizás me había reconocido por ser el uno de los aburridos que se sientan en las fiestas, o quizás por mi manera de sentarme, no lo sé.

Lourdes me llevó de la mano al sillón nuevamente. Nos sentamos e intentamos hablar con señas, pero claramente no nos entendimos nada. Ella me hacía gestos, yo respondía con más gestos y la comunicación era un desastre. Hasta que Lourdes dejó de mover sus manos y se acercó.

Como pudimos y sin sacarnos las máscaras, nos dimos un beso. Fue la sensación más rara de toda mi vida. Estaba dándole un beso a mi novia, algo que hago todos los días, pero a su vez mi novia estaba disfrazada, al igual que yo, y no podíamos vernos las caras. Pero a la vez era algo raro pero increíblemente estimulante. Una experiencia única.

El tiempo pasó muy rápidamente acompañado de Lourdes en el sillón, entre tragos, besos e intentando pasarla bien sin hablarnos. Cuando me pude dar cuenta, encendieron las luces y los organizadores empezaron a buscarnos uno por uno para acompañarnos al vestuario.

Cuando fue mi turno, me llevaron nuevamente hasta el vestuario, donde busqué mi ropa en mi locker. Rápidamente entré en el vestidor y me saqué el traje, la máscara y me puse mi ropa. Cuando salí, uno de los organizadores me acompañó hasta la puerta de salida.

—Muchas gracias por venir —me agradeció el organizador mientras salía.

Ya en la calle, pude verla a Lourdes casi llegando a la esquina. Nos saludamos teniendo los dos la mirada cómplice de dos personas que sabían lo que acababan de hacer. Paramos un taxi y subimos. No pudimos hablar nada en el viaje porque nos daba vergüenza que otra persona nos escuchara.

Cuando llegamos a nuestro edificio, no aguantábamos más y nos pusimos a hablar en el ascensor.

—No puedo creer lo que hicimos. No solo lo de encontrarnos, sino que todo fue muy raro —empecé la conversación yo. —Por momentos tuve miedo de que no fueras vos, pero con el primer beso ya me quedé tranquila de que sí. —Yo me di cuenta por cómo movías las manos. —Al principio te saqué por cómo te rascabas la cabeza y por lo nervioso que se te notaba. —Si nuestro sillón hablara… —¿Qué sillón? Yo no estuve en ningún sillón, Germán —me respondió Lourdes.

El ascensor justo frenó en nuestro piso. Entramos a nuestro departamento y nos acostamos sin siquiera saludarnos. De hecho, estuvimos sin hablar durante más de una semana.

Al poco tiempo nuestros conocidos nos volvieron a invitar a otra edición de la misma fiesta, pero les agradecimos y les dijimos que no.

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